A veces soñamos que el mundo es diferente. Que a la vuelta de la esquina está nuestro príncipe azul y que viene, espada en mano, a separarnos de todos nuestros pesares.
En el correr del día a día, muchas veces vemos cómo nuestros príncipes se tornan en sapos al parpadear. Y vivimos este camino llorando y lamentando cada sapo que dejamos atrás. Y nos llenamos de gris, de oscuridad y vamos perdiendo la fuerza y la alegría de cada nuevo amanecer.
Todo es plano, sin matices y sin sorpresas. Apenas logramos distinguir pequeños arrebatos de ilusión que se disuelven en la nada que nos ha hecho suya. Jamás retomamos la fuerza y el vigor para recomenzar.
Nos hacemos presos de la soledad y aprendemos a vivir con ella. La hacemos parte de nuestro ser y ya nunca más la podemos dejar.
En ocasiones, nos topamos con algún espíritu nuevo, con alguno que aún sueña y espera por su príncipe o princesa; o que ya cree tenerlo y vive la euforia de pensarse el dueño del mundo. Y son esos pequeños ángeles los que nos recuerdan que las estrellas fugaces existen, que cumplen deseos y que los deseos siempre son reales. Entonces nos quedamos mirando al cielo y pedimos a esa estrella que nos devuelva la ilusión.
Después de mucho esperar y ver al cielo y esperar y seguir viendo y seguir esperando, bajamos la mirada y volvemos a nuestra cárcel y la hacemos más fuerte y más segura sin notar que, cada noche, mil estrellas fugaces nos rodean y acompañan y las dejamos pasar por la comodidad de nuestra prisión.
Está en nosotros abrir los ojos, mirar alrededor, captar el brillo de cada estrella y evitar que se vuelva fugaz. Tal vez nunca nos traiga a nuestro príncipe de ensueño, pero seguramente le dará un toque de luz a nuestra oscuridad y un día, quién sabe cuándo o con qué pretexto, alguna se quedará y pasito a pasito le devolverá el color a cada esquina y nos sacará del calabozo sin que lo notemos.
Todos tememos ser heridos pero todos queremos vivir en compañía. El príncipe azul no existe y los sapos no son tan malos. Dejemos de agredir a los sapos y aprendamos a aceptarnos, a nosotros y a los otros. Y así, algún día, quién sabe cuándo o con qué pretexto, el calabozo nos quedará chico y no será necesario.
¡La grandeza del hombre viene del contacto con el hombre!!!
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