Después de mucho caminar junto a él por un verde y frío campo, donde la lluvia apenas mantiene húmeda nuestra piel y nos dá la excusa perfecta para estar cerca, nos sentamos bajo un árbol que hace aún más tenues las gotas que nos caen.
Uno junto al otro, tomados de la mano buscando el calor de cada cual, nos distraemos viendo cómo el sol va disipando las nubes y, al perdernos en su resplandor, nos perdemos en nuestras miradas.
Mi cara busca la suya, su boca la mía. Nuestras manos danzan tratando de evitar lo inevitable. Nos fundimos en uno: un abrazo fuerte y tibio, un beso juguetón y travieso y nuestros cuerpos ya calientes se refugian del calor externo en su propia hoguera.
Se escucha el sonido de la naturaleza, el sol quema y no se siente. Dos almas que toman posesión de sus cuerpos y entre danzas y juegos se cruzan, se mezclan.
Ya no hay nada que separe nuestras identidades, ni siquiera el aire cabe entre nosotros. Rodamos por la colina mientras me posees. Tu calor está dentro de mí aunque nuestros cuerpos se sumerjan en la fría agua del lago.
Tú has hallado tu guarida en mí y yo me apodero de ti para no dejarte nunca más salir.
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