jueves, 8 de marzo de 2012

La ciudad de ensueño

La niña tenía una ciudad de ensueño. En ella, todo era posible. El sol siempre brillaba, muchos pájaros cantaban y las coloridas flores de los campos perfumaban el aire fresco que las acariciaba.
 
Cuando la niña la visitaba, el aire era aún más puro y sólo allí ella podía ser libre y felíz. Allí reía, cantaba y olvidaba las penas de sus poco años. Su alegría se confundía con el verde de las hojas y con el azul del cielo... Del cielo... Del mar...
 
La niña soñaba con compartir esa ciudad y pasaba largas horas, mientras descansaba de tanto corretear, soñando con el niño alegre y sensible, con los pies en la tierra y la mente en el cielo, que llegaría un día a compartirla. Y así pasaron los años y la nena seguía disfrutando de su ensueño. Y cada noche se sentaba bajo un árbol y le contaba en susurros cuánto esperaba a ese nene especial y cuán feliz pretendía hacerlo.
 
Así pasó su tiempo y la mitad de su vida, soñando, cantando y riendo. Hasta que un día, en el que ya no lo esperaba, un dulce niño con cara de mortal y actitud de ángel la tomó de la mano y la llevó a recorrer la ciudad de ensueño.
 
Ahora sí que el paisaje estaba completo para la nena de ojos tristes. Todo lo que amaba en un mismo lugar. Disfrutando y siendo libres hasta la eternidad...
 
¡Oh, triste sorpresa! Una mañana, al despertar, la niña advirtió que el dulce niño se había ido... Se había marchado hace mucho y para nunca más volver.
 
¿Lo más triste??? Que el niño no sólo la había dejado sola, sino que había manchado toda su ciudad... Cada calle, cada rama, cada ave, cada sol y luna ahora lucían un negro profundo, más profundo que la muerte... Todo era igual, no había matices, sólo negro y cada vez más negro...
 
Así, la niña caminaba y caminaba tratando de encontrar el sol que una vez la calentó. Ya el niño no importaba, ella sólo quería recuperar su ciudad y volver a ser libre en ella...
 
Poco a poco y con mucho dolor y trabajo, la nena logró ir despedazando cada milímetro de negrura. A mano y con sudor volvió a descubrir al sol y a la luna. Con su luz y su calor fue derritiendo el negro intenso hasta dejar que todo color brillara de nuevo.
 
Recuperó la ciudad de ensueño y, con ella, sus esperanzas y sus triunfos. Y de nuevo tuvo su lugar sagrado. El que ya nadie tocaba, el que nadie más conocería.
 
¡Ah, dulce y enigmático destino! Un atardecer especialmente triste, en el que caminaba por alguna calle de su ciudad, la niña ha tropezó con otro niño... ¡Nunca antes había pasado! Había alguíen que conocía su lugar especial y lo disfrutaba como ella... Alguien que ya pertenecía allí y conocía su valor... Alguien que jamás lo dañaría...
 
Épico idilio el que vivieron ambos niños cada vez que se encontraban en una calle... Dulces mañanas, tardes y noches, tomados de la mano. Caminando por esos mismos sitios en los que solían jugar de niños... Alegrándose por las mismas simples cosas y disfrutando de la mutua compañía... El mismo sol, las mismas flores, ¡Ahora todo es mejor porque se puede compartir...!!!
 
Hace mucho que los niños no se encuentran... Han elegido calles distintas cada día y aunque se saben cerca, ya no van tomados de la mano... La ciudad sigue bella, de ensueño como en la primera infancia... Los colores brillan y no hay motivos para la trsiteza...
 
Sólo se puede ver, a través de los ojos de la niña, que a todo le falta una mitad... Hay sólo medio árbol, medio sol, media tierra, medio cielo... La otra mitad la ha de tener mi dulce niño, que camina solo y ciego, buscando la mitad que llevo yo en mi pecho...
 
(¿Te lo dedico? sabes que no acostumbro a escribir cuentos)
 
;-P

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