jueves, 8 de marzo de 2012

Esperanza...

Manuel se acaba de ir. Siento que mis pies no tocan el piso. Me llena de una paz que no recuerdo haber sentido. Es agradable saber apreciar lo que te ofrecen y saber que aprecian lo que das.
 
Nuestra relación es bien particular. Jamás podría denominarla. Aunque ambos nos hemos enfrascado en algo casual y sin compromisos, creo que ninguno está seguro de querer eso.
 
Yo me concentro en pensar que es sólo un momento que compartimos en este loco universo. Con eso me basta para no darle trascendencia conciente.
 
Sé que no quiero darle importancia porque en el fondo de mi corazón aún está su huella. Aunque yo haya luchado por mantenerme virgen en mis principios, sé que la gota a gota de los prejuicios de él lograron hacer mella en mí.
 
En el fondo no quiero pensar en la posibilidad de que una relación estable o, por lo menos, duradera pueda nacer de un impulso netamente sexual. No quiero aceptarlo porque "no es correcto"; y porque sé que trato de proteger mis sentimientos.
 
Quiero ir despacio para no confundirme ni desbocarme. No estoy para desilusiones monumentales en este momento. No quiero probar si las puedo resistir.
 
Igual, si trato de ser sincera conmigo misma debo reconocer que me da una alegría cercana a la euforia. Manuel me ha hecho revivir las emociones de la adolescencia: las mariposas en el estómago, el ruborizarme cuando me acaricia el rostro. Y, a la vez, me hace disfrutar de los placeres de nuestra edad: reconocer el tierno erotismo en una caricia, adivinar los deseos en la mirada del otro, responder a los impulsos más violentos.
 
Lo mejor es que ha logrado inhibir la parte de mi mente que siempre se empeña en buscarle la quinta pata al gato. Ésa que siempre ve el lado malo o problemático de las cosas, la que nunca está feliz con lo que tiene porque siempre le hace falta algo.
 
Cuando estamos juntos es como si todo desapareciera alrededor. Podemos estar hablando de nuestras apreciaciones de la compleja adolescencia. Podemos pasar horas contando historias, lo mismo que acariciándonos, besándonos y complaciéndonos hasta la locura.
 
Lo mejor es que nadie le exige nada a nadie. Sólo compartimos ese instante en que ambos consideramos que estar juntos es lo que queremos y yo no espero más nada de él. Eso es lo que lo hace especial.
 
Mi mente fatalista quiere suscribir esta relación al simple contexto sexual. Y ese creo que es el acuerdo tácito. Sin compromisos, sin complicaciones. Pero siempre es dulce, siempre es atento, siempre trata de proteger mis sentimientos y de no ser herido.
 
Una relación netamente sexual nunca hiere tus sentimientos. Es sólo una práctica cuasi deportiva con dos jugadores eventuales. Eso es lo que lo hace especial.
 
Siempre me sorprende. Siempre llega cuando no lo espero. Siempre me da lo que no espero, lo que me da miedo dar o recibir. Lo mejor es que no logro decirle "no".
 
Me hace sentir tan complacida conmigo misma que apenas le veo ese toque de brillo malicioso que siempre tiene en su mirada se me olvida cualquier juicio previo. Tiene esa extraña capacidad de hacerme sentir que todo tiene que ver sólo con nosotros dos, que cuando estamos juntos no hay más nada.
 
Que no importa lo que haya sido, sólo importa lo que soy en ese preciso instante. Definitivamente me siento libre.

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